El estrés en edades muy tempranas puede afectar al desarrollo emocional y social del niño
Hoy en día los bebés tienen cincuenta veces más posibilidades de sufrir estrés que hace tan solo quince años. Aunque no hay datos sobre el número de ellos que lo padecen, lo que sí que existen son evidencias de que el estrés puede estar aumentando en las últimas generaciones. Los cambios en el modelo social y familiar, el exceso de permisividad, la incomunicación y mayores dosis de competitividad, exigencias y necesidades de los adultos, entre otros factores, son los responsables de esta situación.
Lo curioso es que incluso antes de nacer se puede sufrir estrés, ya que las hormonas de la respuesta de activación del estrés pueden pasar, a través de los vasos de la placenta, de la madre al feto. Después de su llegada al mundo, son numerosos los factores que pueden incidir: la falta de cuidados o de afectividad, problemas de salud (entre los que por su incidencia merece la pena destacar el cólico del lactante), un ambiente familiar hostil, una alimentación insuficiente o inadecuada y factores ambientales como la oscuridad, el ruido y el aislamiento o la soledad destacan entre las múltiples causas que pueden estresar al bebé.
Ligado al estilo de vida actual, el estrés se puede considerar como la respuesta de cada individuo para afrontar una serie de situaciones extremadamente tensas o, simplemente, aquellos factores cotidianos que nos hacen perder los nervios. Existen dos categorías de estrés: el eustress (positivo) y el distress (malo o negativo) o respuesta de ansiedad. El bueno o positivo se produce cuando la respuesta se adapta a la situación que la provoca, y el negativo, cuando la respuesta, bien por excesiva o por descontrolada, no se adapta a la situación. Ambos tipos de estrés se pueden producir en el bebé.
Cuando alguna circunstancia estresa a los bebés normalmente lloran. Pero las lágrimas no son las únicas armas con las que cuentan para mostrar lo que les está pasando. Así, si un bebé está estresado puede que duerma mal, esté irritado, que su estado de alerta sea elevado o que su alimentación se altere de tal forma que o bien pierda el apetito o bien necesite comer con más frecuencia de lo normal.
Investigaciones recientes indican que el estrés en edades muy tempranas puede afectar al desarrollo emocional y social del niño, provocando situaciones capaces de perdurar en el tiempo y mantenerse hasta la edad adulta. Una autoestima baja, poca capacidad para ponerse en el lugar del otro y una memoria afectada son sus sellos de identidad en este apartado.
El sistema inmunitario también se ve afectado por el estrés. Cuando las situaciones estresantes se mantienen y se repiten en el tiempo su actividad disminuye, provocando trastornos del sueño, enfermedades por hipersensibilidad, un apetito alterado y aumento de infecciones.
Ambiente tranquilo
Las recomendaciones para prevenir o paliar el estrés de los bebés dependen de las causas que lo provoquen, pero, en general, el mejor consejo es conseguir que el niño se sienta atendido, querido e integrado dentro de la familia y que viva en un ambiente tranquilo. Crear una rutina horaria en la que se distribuyan las horas de la comida y los tiempos de descanso y combinar momentos en los que el bebé esté acompañado con otros en los que juegue él solo son también signos de identidad de un ambiente familiar idóneo para el niño. En definitiva, no cabe ninguna duda de que cuanto mayor es la afectividad de los padres y las muestras de amor hacia el bebé mayor es también la capacidad del pequeño de aprender y desafiar las circunstancias de la vida.
Por último, pero no menos importante, una alimentación adecuada y equilibrada contribuye a reducir los niveles de estrés del bebé, no sólo porque la comida mejora el estado de ánimo y de relajación, sino porque también beneficia al sistema inmune.
Fuente: www.elperiodicodelafarmacia.es


Miércoles, 23 de Junio de 2010
Bebés, Consejos, Curiosidades